
¿Sabes? Ella no era una devoradora de hombres, ni una drogadicta perdida, como decían. Amaba con la pasión de una niña, y si tomaba morfina era porque el dolor físico la destrozaba
Acaricia la foto entre sus manos. Es una foto de 1943: tiene apenas unos 16 años y está recargada en las piedras viejas de un puente medieval en el París de la Segunda Guerra Mundial, el cuerpo en una postura reservada y de gestos discretos.
Levanta del suelo alrededor de un metro sesenta, con una figura delgada, sin duda reflejo de las condiciones de racionamiento y austeridad de la guerra. De cabello castaño, llevado en un estilo práctico con ondas suaves, influida quizá por la alemana Simone Signoret, una actriz icónica de su tiempo, una moda marcada también por las restricciones de la ocupación nazi.
De rasgos delicados y piel pálida, debido a la falta de sol durante la guerra, sus ojos tienen una expresión mezcla de curiosidad y resiliencia, esa mirada de adolescente en tiempos difíciles. Una falda oscura hasta la rodilla, blusa modesta y un abrigo ligero desgastado de tonos apagados, consecuencia de la escasez de telas y colores vivos.
“Era una joven tímida y nerviosa cuando conocí a Piaf”, me dice sonriendo en un tono pausado, como si pudiera verse en esa época a través de la fotografía.
Estamos en una pequeña casa en el Chemin de l’Olivet. Por la ventana se asoma un atardecer tranquilo en Le Cannet, estamos en la Costa Azul francesa; el aire huele a lavanda, las hermosas macetas que cuelgan están sembradas con esta planta, y el sol se va despidiendo lentamente, tiñendo el cielo de rosas, naranjas y violetas entre los tejados.
Ginou Richer tiene 97 años; su mirada aún brilla con una chispa juvenil, como si los recuerdos de su vida junto a Édith Piaf la mantuvieran eternamente viva. Su cabello blanco está recogido con elegancia, lleva un chal tejido a mano sobre sus hombros. Las arrugas de su rostro muestran el paso inevitable del tiempo, pero sigue siendo hermosa.
Me pide que le pase una caja de madera que está atrás en el librero; la toma con sus manos arrugadas y revuelve las fotos buscando una en específico. La encuentra: es una foto en blanco y negro, amarillada por el paso del tiempo; es ella y Piaf, riendo, en un momento que le han robado al tiempo.
“Ella creía en los signos, en las sombras ocultas que decía que le hablaban”, confiesa Ginou.
“La obsesión por lo oculto se acentuó después de perder a Marcel, el amor de su vida. Pasaba mucho tiempo con videntes; se colgaba amuletos raros, como una cruz torcida que le dio una gitana en Montmartre, y no se la quitaba ni para dormir. Una noche, en el apartamento de Boulevard Lannes, la encontré susurrando frente a un espejo, como si esperara que Marcel le contestara desde el otro lado. Me pidió que no contara nada, pero yo veía cómo el dolor la empujaba a buscar respuestas en lo invisible. Era su manera de pelear contra el destino, aunque a veces me daba miedo cuánto creía en esas cosas.”
Mi atrevimiento es inaudito. Ginou falleció en 2023, pero mis manos se hunden en el teclado, decidiendo por voluntad propia que en esta historia sigue viva y narra como si aún estuviera aquí, compartiendo su relato con la claridad de quien ha guardado cada detalle en el corazón. Lo sé, la manera en que abordo a los personajes de los que a veces escribo es extraña: viajo en el tiempo, hago películas, me transformo en ellos o, como en este caso, hablo del personaje a través de alguien que lo conoció.
Necesito ser cuidadosa, no quiero cansarla, así que inhalo y exhalo, buscando preguntar con claridad. Me interesa saber quién era ella antes de cruzarse con “La Môme”. Al escuchar el nombre, mira hacia fuera y pierde la mirada en los colores candentes del cielo.
“Ese apodo era perfecto para ella. ¿Sabes por qué le decían así?”
Muevo la cabeza de un lado a otro.
“En francés significa ‘la pequeña’ o ‘la chiquilla’, y reflejaba tanto su apariencia física como su origen humilde y su personalidad. Era una palabra coloquial que se usaba en la jerga parisina para referirse a una niña o una joven de la calle, y en el caso de Piaf, encajaba perfectamente.
Medía apenas 1.47 metros, tenía un cuerpo menudo y una presencia frágil que contrastaba con su voz poderosa. Además, empezó a cantar muy joven en las calles de París, como una artista callejera, lo que reforzaba esa imagen de ‘pequeña luchadora’. El apodo se lo puso Louis Leplée, el dueño del cabaret Le Gerny’s, quien la descubrió en 1935 cantando en Pigalle. ‘Piaf’ significa gorrión en argot francés, un pajarito común y pequeño; por eso Leplée eligió ese apelativo, ya que veía en ella esa mezcla de vulnerabilidad y fuerza. Con el tiempo, ‘La Môme’ quedó como un símbolo de sus inicios humildes y su espíritu indomable, aunque luego se la conoció simplemente como Édith Piaf cuando su fama creció.”
Comienza a mecerse y me cuenta que esa mecedora perteneció a su abuela. Aquí se sienta en las tardes para contemplar los tejados y el cielo, viaja en el tiempo para pescar algunos recuerdos, y se queda horas perdida en ellos, hasta que vienen por ella para llevarla a dormir.
“Yo era sólo una chica de 16 años”, continúa. “Una parisina de los callejones, como Édith, aunque con menos cicatrices en el alma. Nací en 1926, en un París ruidoso y lleno de vida, pero también de sombras. Mi familia no tenía mucho, y yo era una soñadora con ojos grandes y pocas expectativas.
Todo cambió en 1948, cuando conocí a Guy Bourguignon, uno de los Compagnons de la Chanson, un grupo vocal francés muy popular en las décadas de 1940 y 1950, conocido por sus armonías exquisitas y su estilo que combinaba la chanson francesa con influencias populares y folclóricas. Para ellos, su encuentro con Piaf fue fundamental para su éxito.
En 1944, ella los escuchó cantar en París y quedó impresionada por su talento. Los invitó a colaborar con ella, y juntos grabaron el famoso tema ‘Les Trois Cloches’ en 1946, que se convirtió en un éxito internacional. Ella los apadrinó, los llevó de gira (incluyendo una exitosa visita a Estados Unidos en 1947) y los ayudó a pulir su estilo escénico. Eran nueve miembros en su formación clásica. Guy fue mi primer amor, y por él me colé en un mundo que no era el mío. Fue mi boleto de lotería para encontrarme con Édith.”
Estoy anonadada, tengo el alma impaciente. Me apasiona poder conocer a alguien a través de los ojos de otro; la perspectiva se llena de nuevos escenarios, de nuevas veredas para desentrañar mi ansiosa curiosidad. Sobre Édith se ha escrito mucho: películas, biografías; un hito de esta envergadura se va llenando de fantasías, de historias posibles, de cuentos y leyendas que van tiñendo la piel de quien está por debajo.
“¿Cómo fue ese primer encuentro con ella?”, le pregunto mientras una chica nos trae un poco de té con galletas. Toma unos sorbos de la infusión de tila con olor a miel y nuevamente sonríe. Me sorprende lo bella que es su dentadura, sigue intacta y de un blanco perlado que es imposible no notar.
“Fue un desastre encantador. Guy me llevaba a escondidas en las giras de los Compagnons, que acompañaban a Édith en sus shows. Yo la observaba sigilosa detrás de la cortina del escenario; me quedaba mirando cómo esa mujer diminuta dominaba a todos con su voz y su presencia. Pero ella, que era muy celosa de su equipo, era como una leona. Descubrió que había una intrusa en el hotel, tocó furiosa a la puerta de mi cuarto dispuesta a echarme; tenía una energía que podía llenar una sala o partirla en dos. Pero cuando me vio, algo pasó. Me miró a los ojos y dijo: ‘Tú, pequeña, ¿qué haces aquí?’ Le contesté con una mezcla de miedo y descaro: ‘Solo quiero ver el mundo.’ Y creo que eso la conquistó. Cuando me descubrió, pensé que mi aventura había terminado, pero en cambio empezó la más grande de mi vida. Me dijo: ‘Quédate cerca, entonces.’ Desde ese día, no nos volvimos a separar.
Acompañar a Édith era como vivir en una tormenta con oleajes abruptos, pero de pronto algo pasaba y los vientos a veces se convertían en un amanecer tranquilo y fresco. Fue mi mejor amiga; siempre la sentí como una hermana, pero también podía ser una tirana y, al paso del tiempo, acomodada la emocionalidad, hasta podría decir que aún así era adorable. Exigía todo de mí: mi tiempo, mi lealtad, mi risa. Siempre quería saber dónde estaba; si salía sin ella, me daba su coche y su chófer para que no me perdiera de vista. Pero yo lo aceptaba, ¿sabes por qué? Esa era su manera de quererme. Vivimos juntas 15 años, desde 1948 hasta su muerte en 1963. Fui su confidente, su apoyo, a veces hasta su enfermera. Nunca me pagó un sueldo; no era su empleada, era su familia.”
Se me arremolinan las preguntas, pero tengo que ir con calma; la prisa de nuestro tiempo va minando la capacidad de disfrutar una buena charla, de gozar cada instante como si fuera el último.
“Hay un momento de la vida de Édith que siempre me ha intrigado: la muerte del boxeador Marcel Cerdan, con quien había empezado una relación amorosa.”
Su rostro se ensombrece. “Marcel fue su gran amor, el único que logró hacerla sentir que la vida podía ser más que dolor. Cuando su avión se estrelló en 1949, algo en ella se fracturó para siempre. Recuerdo ese día: estábamos juntas en Nueva York cuando llegó la noticia. La noche anterior se despertó gritando en la madrugada, como si lo hubiera sentido antes de que nos dijeran. Se aferró a mí durante días y de ahí brotó la inspiración; me dictó la letra de una de sus más bellas canciones, ‘L’Hymne à l’amour’, y lo hizo entre sollozos.
La música la compuso Marguerite Monnot. La letra es una declaración apasionada y desgarradora de amor, donde expresa su disposición a hacer cualquier cosa por la persona amada, incluso desafiar al cielo o renunciar a todo. Una mezcla de devoción, dolor y trascendencia, como en el famoso verso: *‘Si tu meurs, que je meure aussi’* (‘Si tú mueres, que yo muera también’). Esa melodía es un canto al amor eterno, más allá de las circunstancias terrenales.
Fue desgarrador, pero también hermoso ver cómo transformaba esa pérdida en arte. Nunca volvió a ser la misma, aunque lo intentaba.
¿Sabes? Ella no era una devoradora de hombres, ni una drogadicta perdida, como decían. Amaba con la pasión de una niña, y si tomaba morfina era porque el dolor físico la destrozaba. Sufría de artritis reumatoide severa, lo que la debilitó mucho y la llevó a caerse en varias ocasiones, especialmente en sus últimos años.
Estas caídas a veces ocurrieron en el escenario o en su vida cotidiana, agravando sus lesiones y su adicción a los analgésicos. Sufrió un grave accidente automovilístico junto a su entonces pareja, el cantante Charles Aznavour, quien conducía. El choque ocurrió en una carretera francesa y le causó múltiples fracturas, incluyendo un brazo roto. En este accidente se gestó su dependencia de la morfina, que usaba para aliviar el dolor.
Vivió algunos episodios cercanos a la muerte por sobredosis de medicamentos, algunos accidentales y otros relacionados con su adicción. En los años 50 y 60, su salud estaba tan deteriorada que estos incidentes eran frecuentes. A esto le sumamos una hepatitis y cirrosis que fueron diagnosticadas más tarde; todo esto la fue empujando a una muerte prematura en 1963, a los 47 años.
Sin duda, la muerte de Marcelle, quien fue su única hija y nació en 1933, la marcó también, aunque poco hablaba de ella. Fue fruto de su relación con Louis Dupont, un joven repartidor con quien Piaf mantuvo una relación sentimental cuando tenía apenas 17 años. Murió a los dos años de edad, en 1935, debido a una meningitis. En esa época era difícil de tratar por la falta de antibióticos efectivos; fue un golpe devastador para ella, quien ya vivía en condiciones precarias y luchaba por salir adelante como cantante callejera. Pero quizá lo más doloroso fue que no pudo reunir el dinero suficiente para pagar un tratamiento adecuado. Hay especulaciones que dicen que incluso llegó a prostituirse para pagar el entierro, pero eso nunca me lo dijo a mí. Ese mismo año, 1935, fue descubierta por Louis Leplée.
Me gustaría que la gente pudiera recordarla más allá del dolor y de sus sombras, que la pudieran ver como yo, con su risa contagiosa, con su extraordinaria generosidad. El mundo ve a la Piaf de los escenarios, pero yo conocí a la mujer que me pedía que le comprara dulces de goma, con la que reía a menudo como si fuéramos dos adolescentes; la que cantaba conmigo en la cocina o esa que me pedía que la acompañara a ver “Un tranvía llamado deseo” de Marlon Brando una y otra vez hasta desgastar las butacas.
Una noche, mientras Marion Cotillard estaba rodando la película “La Môme” y cantó Non, je ne regrette rien, yo estaba al fondo, en el Olympia. De pronto, sin saber cómo, terminé a su lado en el escenario. Nos abrazamos, y juro que sentí a Édith en ella. Fue como si hubiera vuelto por un segundo.
Lo más duro para mí fue verla destruirse. Pero aún así, subía al escenario y cantaba como si el mundo le perteneciera. Una vez, después de un choque, la cuidé mientras deliraba de dolor. No dormía si yo estaba con ella, pero con la enfermera sí lo hacía, porque le daba más morfina. Eso me rompió el corazón; supe que ahí empezó a perderse. Pero lo más difícil fue su muerte. Estuve con ella en Plascassier, y cuando cerró los ojos, sentí que una parte de mí se iba también.”
Ginou se queda en silencio, mirando la foto en sus manos. “Acompañar a Édith Piaf fue un privilegio y una carga, una vida compartida entre el fulgor y las sombras.” Nuevamente sonrió y buscó mi mirada, seguramente se dio cuenta de que en mis ojos había una pregunta que casi se me salía entre los labios entreabiertos: ¿“sabes cuando sonreímos, nos ponemos altivos, despiertos, es una forma de no dejarnos vencer por la vida”. Si, durante nuestra encantadora tarde me sorprendió su sonrisa amable aun en los momentos más duros de su historia.
Y mientras el sol se oculta en Le Cannet, pienso que Ginou no sólo fue testigo de una leyenda, sino parte esencial de ella.
No quiero terminar este encuentro, así que no me despido; solo dejo de escribir. La imagen de las dos juntas hablando frente a frente, tomando té, frente a una ventana, la plasmo en una imagen deteniendo el tiempo, acompañadas de un atardecer inolvidable.
DZ