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Knocker-upper

Knocker-upper

Es Mary Smith, la misma de la fotografía, famosa en el barrio por despertar a los trabajadores con su singular método. Mi rostro ilumina una sonrisa y mi pecho late con fuerza

junio 30, 2025

En una gélida mañana de 1933, me encuentro perdida en las estrechas y sombrías calles de Whitechapel, en el East End de Londres. Mi viaje, como siempre, no es casual: una vieja fotografía en blanco y negro, vista en una página de internet, me cautiva.

La imagen, tomada por John Topham en 1931, muestra a Mary Smith, una “knocker-upper”, disparando guisantes secos con una caña para despertar a los trabajadores.

No puedo dejar de pensar en ella al punto de que la curiosidad por conocer a esta mujer me lleva a desdoblar el tiempo, como hago siempre que se me mete una idea en la cabeza. Me llena de un entusiasmo difícil de expresar; sólo quien ha encarnado la pasión me entiende.

Me preparo física y emocionalmente durante algunos días, estudio un poco sobre los sucesos históricos, la lengua, los detalles del vestuario, cada detalle listo para adaptarme a la época. En fracciones de segundo, una realidad desaparece y aparece otra.

Al llegar, después de adaptarme tras el mareo que siempre acompaña el viaje, miro mi ropaje: un vestido de lana gris, áspero pero cálido, cubierto por un chal de lana marrón deshilachado que se anuda sobre mis hombros para protegerme del frío húmedo. Es inevitable el olor a ropa mal lavada, pegada a un cuerpo con poca higiene, y se me agudiza la sensación de incomodidad. Me cuesta un rato acostumbrarme y tengo que usar un ejercicio de mindfulness profundo para no distraerme de lo que vengo a hacer.

Mis botas gastadas, forradas con restos de lana en el interior, crujen sobre los adoquines. Mi peinado, ahora recogido en un moño bajo y apretado, típico de las trabajadoras de la época, está cubierto por un sencillo pañuelo de lana que resguarda mi cabeza de la humedad y el viento helado. Algunos mechones rebeldes se escapan, agitados por la brisa cargada de hollín. No puedo evitar pensar en qué difícil es poder adaptarse a vivir así y que dura es la vida para la mayoría de los seres que han habitado el planeta.

Inhalo profundamente, pero el aire está impregnado de un olor acre a carbón quemado, me reconforta un tenue aroma del pan recién horneado que sale de alguna tahona cercana. La niebla, densa y oscura por el humo de las chimeneas y las fábricas que queman carbón sin cesar, envuelve los adoquines, amortiguando los pasos apresurados de los trabajadores que inician su jornada a las cinco de la madrugada.

Mientras intento orientarme en la penumbra, un sonido seco, como una pequeña detonación, me sobresalta. Giro la cabeza y veo a una mujer mayor, de rostro curtido y manos ágiles, apuntando una larga caña de bambú hacia una ventana del segundo piso. Con un soplido preciso, dispara un guisante seco que revienta contra el cristal con un leve golpecito.

Es Mary Smith, la misma de la fotografía, famosa en el barrio por despertar a los trabajadores con su singular método. Mi rostro ilumina una sonrisa y mi pecho late con fuerza.

Con el corazón acelerado, me acerco con cautela, ajustando el chal de lana para cubrirme mejor del frío. Mary, envuelta en un chal más raído y descolorido que el mío, lleva una bolsa de guisantes colgada de la cintura y me mira con ojos astutos. “No eres de por ‘ere, ¿verdad, guapa?”, dice con un marcado acento cockney, dejando caer las haches y alargando las vocales con ese tono cantarín del East End.

Tengo que improvisar, pues me agarra con la guardia baja, y murmuro algo sobre visitar a algunos parientes lejanos. Con la emoción de estar frente a la mujer de la foto, pregunto qué hace. Mary sonríe, apoya la caña contra un muro húmedo y me invita a acompañarla en su ruta.

“Seis peniques a la semana, eso me saco, y no es na’ del otro mundo, pero es honesto”, explica Mary, disparando otro guisante con precisión quirúrgica. “Arranco a las tres de la madrugá, llueva o truene, con esta niebla negra que cala los huesos. Estibadores, costureras, panaderos… todos cuentan conmigo. Si no los despierto, no llegan al tajo, y sin tajo, no hay na’ pa’ comer.” Sus manos, endurecidas por callos, manejan la caña con una destreza que habla de décadas de práctica. Preguntó si le importa que tome notas, mientras me cuenta “ ´na “ contesta sin ninguna curiosidad. Saluda a una mujer chiquita que pasa a su lado, le preguntó cómo aprendió, y dice que heredó el oficio de su madre, quien usaba un palo largo para golpear ventanas antes de que los guisantes secos se hicieran populares por ser más discretos.

Fascinada, pregunto cómo es su vida más allá del trabajo. Tirando de su pañuelo de lana para cubrirse las orejas del frío, se encoge de hombros. “No hay mucho pa’ contar. Vivo en una habitación en Bethnal Green, con una estufa que calienta menos que un suspiro. Mi hombre se fue en la Gran Guerra, y mis hijos ya volaron del nido. Pero no me quejo. Me gusta el silencio de la noche, aunque a veces pienso que esta niebla oscura se tragara el mundo. A veces, algún cliente me da una taza de té o un cacho de pan. Eso, y saber que sirvo pa’ algo, me vale.”

Caminamos por una callejuela donde niños descalzos juegan entre la bruma, sus risas apenas audibles en la densa niebla impregnada de hollín. Es muy temprano para que estén despiertos, pero sé que ellos en estas calles salen a trabajar también, recibiendo un sueldo entre un cuarto y la mitad que un adulto. Las familias de esta zona necesitan los ingresos de todos para poder sobrevivir.

De pronto, un murmullo áspero rompe el silencio: dos hombres, con gorras ladeadas y rostros tensos, discuten junto a un carro de carbón volcado. “¡Esos Camisas Negras de Mosley quieren ponernos a todos en fila como soldados!”, gruñe uno, escupiendo al suelo. Mary sacude la cabeza y murmura: “Siempre hay alguien queriendo mandar. Yo solo quiero terminar mi ronda antes de que esta niebla me ahogue.” Sus ojos se detienen un instante en un panfleto arrugado en el suelo, con una cruz negra que promete “un nuevo orden”. Me estremezco; sé lo que el futuro traerá, pero guardo silencio, apretando el chal contra el frío. La única regla para poder seguir viajando es no alterar los sucesos; puedo investigar, preguntar, pero tengo prohibido intervenir.

Mary habla de los cambios que ve venir. “Dicen que pronto todos tendrán relojes de esos pa’ despertarse. Puede que no necesiten a los como yo. Pero yo seguiré mientras pueda.” Hay orgullo en su voz, pero también un dejo de preocupación.

Pienso en los teléfonos y relojes digitales de mi época; aparece la chispa de curiosidad que la fotografía de Mary ha encendido en mí. Una pregunta brota sin pensar y quiero saber qué sueña para el futuro.

Mary suelta una risa áspera pero cálida. “¿Soñar? A lo mejor un día no tenga que levantarme a las dos de la madrugá, tosiendo por esta maldita niebla. Pero, pa’ serte sincera, no sabría qué hacer con tanto tiempo.” Dispara otro guisante, y una ventana se abre con una maldición amistosa. “¡Despiértate, Tom, ya vas!”, grita Mary, guiñandome un ojo.

El alba comienza a teñir la niebla de un gris sucio, apenas perceptible por el humo del carbón. Mary señala que debe terminar su ruta. Antes de despedirse, me da un guisante seco. “Pa’ la suerte, viajera.” Mientras Mary se desvanece entre la bruma, aprieto el guisante en mi mano, ajustando mi chal de lana contra el frío, y siento el peso de una vida dura, pero llena de propósito, tan distinta y a la vez tan humana como la mía.

Regreso al lugar de donde vengo, y nuevamente el mareo me abraza. Mi olfato, acostumbrado al olor a mugre, ahora agradece el aroma limpio del presente. Llevo mi pijama; es de madrugada otra vez. Tecleo las últimas palabras de mi escrito, y cuando me levanto por mi taza de agua caliente con limón, el guisante cae al suelo. Lo recojo y lo guardo en el clóset, donde conservo las pequeñas cosas que traigo conmigo cada vez que viajo.

DZ

Nota: Los Camisas Negras eran los seguidores de la Unión Británica de Fascistas (BUF), fundada en 1932 por Oswald Mosley, un político británico inspirado por el fascismo de Mussolini. Vestidos con uniformes negros, emulan a las milicias fascistas italianas y actúan como fuerza paramilitar, organizando marchas y enfrentándose violentamente a comunistas, judíos y antifascistas, especialmente en el East End de Londres. En 1933, su presencia genera temor y tensión, alimentando un clima de división en las calles.

(https://en.wikipedia.org/wiki/Oswald_Mosley)[](https://en.wikipedia.org/wiki/British_Union_of_Fascists)

DZ

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