
Me quedo parada en el camino, la veo perderse en el horizonte, y regreso a mi computadora, a seguir hundiendo mis dedos en ella, mientras inhalo profundo. Amo salir de aquí y viajar a otros lares
“Que los caminos se abran a tu encuentro,
que el sol brille sobre tu rostro,
que la lluvia caiga suave sobre tus campos,
que el viento sople suave a tu espalda,
y hasta que nos volvamos a encontrar,
que Dios te guarde en la palma de su mano.”
Oración Celta
“¿Sabes? yo también he caminado un promedio de 22,5 kilómetros por día, en más de una ocasión. Crucé la Sierra Gorda en México de la mano de las mujeres Otomíes, y lo he hecho dos veces en el camino a Santiago, y volvería hacerlo.
Conozco el dolor de los huesos, el ardor en las plantas de los pies, el peso de mi mochila, que aunque ligera, se convierte en un saco de piedras al final de algunas jornadas. A mi no me salieron en ninguna ocasión ampollas, pero con un hilo y una aguja ponché las de mis compañeras, dejando el hilo para que drenaran.
Me he dormido con los pies hinchados, los he puesto a remojar en agua helada. Me he despertado con el dolor de los músculos que parecen desgarrados, he sufrido los embates de una cistitis, y curado con una corteza de un árbol que se llama palo azul, que me dieron en aquel trayecto de 39 kilómetros, en los que pensé que ya no podía más.
Conozco esa sensación que comienza a despertarse por dentro a partir de la cuarta jornada, donde el cuerpo comienza a ceder y a entrar en sintonía con el entorno, sé cómo se van abriendo los sentidos para estar más atenta. He sentido el derrame de dopamina que cubre mi cuerpo haciéndome sentir bien, en paz y serena, muy parecido a lo que sucede cuando uno medita. Aprendí a comer con hambre, y de lo que nos daban en los pueblos de la sierra queretana, agradeciendo conmovida hasta el tuétano, pues era todo lo que tenían.
De pronto, la naturaleza se va infiltrando por los poros, al punto de querer dejar los zapatos para acariciar la tierra, si en algún momento uno pensó en llevar música para las largas jornadas, ya no es necesaria.
El silencio es un compañero tan amable que uno se va volviendo adicto a él. Sé lo que es dormir al aire libre, escuchando los sonidos de la noche y viendo el cielo tan estrellado, que se puede trazar la vía láctea. Es ir recordando quién es uno antes de volverse un ser adiestrado, citadino, donde el olfato se ha ido perdiendo, la vista se vuelve cansada, y alcanza sólo para ver distancias cortas. Donde los zapatos nos han dormido, el contacto con la tierra, la ropa, la sensibilidad de la piel.
De pronto la prisa que está siempre acechando, se va diluyendo, las mil tareas que hacer no tienen importancia, ya no hay necesidad de ser eficiente, producir más, generar más. En los largos trayectos, uno necesita cada vez menos; menos de todo. Pero nunca he caminado más de tres mil kilómetros en un solo viaje. Quizás es por eso que una hazaña así de inmediato me cautiva. Siempre he pensado que los personajes sobre los que escribo, se me aparecen, pero también sé que muchos lo hacen a través de otros para llegar a mí. Es una energía que busca llegar por distintos medios, tejiendo una trazabilidad para hundir mis dedos en el teclado. Esta vez Emma llegó a través de Norma, y ella me envió su historia.
Apenas la leí, de inmediato me embriagó la curiosidad, se gestó una sintonía inexplicable, tengo mucho en común con ella y es quizá por eso, que me llevó a soñarla. Aunque murió a sus 85 años en 1973, cuando yo apenas era una niña, de pronto siento que la conozco, sus pies y los míos se hablan. Su tumba está en Ohio Valley Memory Gardens, en Gallipolis, Ohio y su sencilla lápida simplemente dice “Emma R. Gatewood – Grandma.”
Cierro los ojos, entro en ese espacio liminal donde se detiene el tiempo, donde la conciencia se amplía generando una conexión especial con todo. Me traslado al tiempo donde caminaba, me pongo mis tenis, lanzo en mi mochila lo necesario, me pongo mi gorra y hecho a andar para ver si me la encuentro en alguna vereda y sí, las coordenadas son perfectas, está a unos 100 metros de distancia, bajando a mano izquierda. El día es soleado, de esos de aire frío y nubes que parecen de algodón, el verde intenso del campo y las flores de lavanda a la orilla del pedregoso camino.
Es octubre en el norte del globo terráqueo, la mejor época para planear largas travesías, a la izquierda hay un caudaloso río y por qué no, el trino de los pájaros me hacen sentir viva. Grito su nombre, y al voltear, la saludo con la mano. Tengo un tramo que recorrer antes de llegar a ella, así es el camino de la vida, los encuentros son furtivos, momentáneos, impermanentes. Por eso hay que estar presentes, inhalar cada mirada, cada frase, para dejarlas como improntas en la memoria, para acceder a ellas cuando la vida se torna menos amable. Es un momento único, irrepetible, hay que aprovecharlo. Mientras me acerco, voy recordando su historia, y empiezo a tejer cómo voy a comenzar nuestra conversación apenas la alcance. Emma, nació en Ohio en 1887 y tuvo una vida difícil. Muy joven, apenas con 19 se casó con un granjero, que resultó ser sumamente violento, las golpizas sucedían casi a diario. Así perdió algunos dientes; las costillas rotas le dificultaban moverse como necesitaba. Un día decide ir a levantar una queja, y el ayudante del sheriff la encarceló.
El alcalde al verla al día siguiente con el rostro lleno de hematomas, la liberó. 30 años duró el martirio, hasta que logró pedir el divorcio; sus once hijos ya habían crecido, sólo le quedaban los tres pequeños para criar y lo hizo sola.
Recibió amenazas constantes de aquel hombre que le arrancó las ganas de amar, mismas que nunca cumplió, pues decía que la metería a un manicomio, porque estaba loca. Vivir así debió de haber sido terrible, siempre en modo peligro, a ver si regresaba a golpearla o a cumplir sus amenazas. En 1955, cuando los tres pequeños ya eran adultos, con unas zapatillas Keds de color rojo, una mochila de mezclilla hecha por ella, una manta del ejército, un impermeable, una cortina de baño y un par de utensilios, salió por la puerta de su casa, inspirada por un artículo que había leído en la revista National Geographic. Contaba con una gran intuición, vivía de los alimentos que encontraba y de la amabilidad de muchos extraños. Caminó por el sendero de los Apalaches sin mapas ni equipo sofisticado, y recorrió 3470 kilómetros atravesando densos bosques, montañas y terrenos difíciles, desde Georgia hasta Maine.
Su espíritu inquebrantable la convirtió en la primera mujer en completar la ruta sola. Claro que atrajo la atención de los medios que hablaban de ella como una viuda de avanzada edad. Recorrió el terreno tres veces, una más en 1960, y la última en 1963. Y si, ella promovió el senderismo, pero también lo hizo su perseverancia, demostrando que la edad no es un límite. “Grandma Gatewood” a sus 85 años tenía el rostro de alguien que había conseguido ese estado que deberíamos buscar todos, que es el de la sabiduría, cuántos vamos convirtiéndonos en seres con caras de indigestión, a medida que envejecemos. Al alcanzarla y preguntarle si podía caminar junto ella, no pude evitar sonreír cuando me dijo que si.
“Yo también he usado mis pies para caminar largas distancias. Nada comparado con tus hazañas, por supuesto, pero entiendo la sensación de libertad que se experimenta en el sendero, es un encontrarse con uno, que es difícil de expresar con palabras, pues el lenguaje no alcanza a describirlo. Es ir limpiándose de toxinas a través del sudor, es ir aseando los pensamientos, hasta que uno puede dejarlos pasar y de pronto, sólo existe el movimiento en el andar “.
Sus ojos se iluminaron. “Cuando decidí recorrer el Sendero de los Apalaches en 1955, tenía 67 años, tantos pensaron que estaba loca, que abandonaba a mis hijos, pero eran todos adultos, ya no me necesitaban tanto. En el camino fui encontrando las razones por las que permití tanto abuso, porque no encontré mi voz antes, y en los largos trayectos fui entendiendo como me marcaron las creencias de mi familia y de la cultura donde crecí. El impulso brotó de ese artículo de National Geographic, pensé que sería fácil, pero me equivoqué, fue tan duro como había sido mi vida hasta entonces. Quizá a veces, hay que bajar al infierno para salir de ahí renovados. A mí me tomó seis pares de zapatillas, un primer intento fallido en el primer viaje, porque el día antes de subir el Monte Katahdin, que es el que marca el final del sendero, sufrí una caída que casi me impide terminar, rompí mis anteojos, me perdí y me rescataron los guardabosques, que me llevaron de vuelta a casa.
Pero al día siguiente, el 25 de septiembre de 1955, logré subir el monte, completando así el recorrido de 146 días. Cinco años después lo volví a hacer y una vez más a los 76 años.” Su mirada pícara esbozó una sonrisa en mi rostro. “Conozco esa sensación de no darme por vencida, de encontrar los como sis en un mundo lleno de negativas, he pagado las facturas que implican tomar decisiones duras, y mis pies han sido el impulso que he necesitado para tomar muchas de ellas. Gracias a esos miles de kilómetros andados, los músculos de mis piernas son fuertes, lo suficientes como para bajar una escalera que marcaría mi destino, sintiendo cada escalón como un abismo profundo. Es lo más difícil que he hecho en mi vida”. Le dije, exhalando una bocanada de aire, buscando limpiar mis pulmones sintiendo en las tripas el recuerdo de aquel día. “No podemos hacernos cargo de lo que los demás piensan de nosotros querida, si entendemos esto, entonces la vida nos será menos adversa.”
Durante unos 10 minutos se hizo el silencio entre las dos, aprendí hace mucho que la riqueza de que mi mirada esté puesta hacia arriba, hacia los lados, contemplando el paisaje completo. Cuando comencé a caminar, mis ojos se postraban solo en el camino, y me perdía de tanto. “Dime cómo caminas y te diré quien eres” me dijo en mi primer viaje al camino a Santiago Roberto Perez, quien acompañó nuestro trayecto durante esos 16 días, guiando mi alma y el latir de mi corazón.
Un maestro que me hace recordar lo que Maya Angelou decía: “He aprendido que la gente olvidará lo que dijiste, la gente olvidará lo que hiciste, pero la gente nunca olvidará cómo les hiciste sentir. La tarde comenzó a caer sobre las montañas, un aire frío levantó unas cuantas hojas secas que revolotearon hasta posarse de nuevo sobre la tierra húmeda.
Conozco esa sensación de que pronto va a terminar ese momento, y quiero aferrarme a él lo más que pueda, pero no hay plazo que no se cumpla y ha llegado el momento de soltarla, de dejarla continuar su camino, y yo de regresar al lugar de donde he venido. Emma voltea la cara en busca de mi mirada, coloca la mano en su corazón y me dice en un tono profundo: “Cada paso que des es uno que te impulsa hacia adelante en tu propio sendero, la meta no es un punto de llegada, es el mismo camino.
No olvides permitir que el cuerpo dialogue con la naturaleza al ritmo del tiempo. Detén tu mente en cada viaje, ve al interior donde cada paso es una pausa, un impulso a la creatividad y un reencuentro contigo. El peregrino se convierte en un ser que aprende a contemplar su entorno, disfrutando de los instantes, ralentizando el tiempo disipando a lo largo del camino, permitiendo que la mente se llene de imágenes y recuerdos.
Luis Cernuda en su poema “Peregrino”, dice que caminar es un acto de afirmación en la libertad de seguir viviendo sin ataduras, siempre disponible para nuevos horizontes. Te suena ¿Es hacer camino al andar?, tal como lo diría Antonio Machado, creando senderos propios en la incierta senda que marca el destino.
Caminar largas distancias es una forma de poesía en movimiento, donde cada paso es un verso, que se escribe en el camino de la vida. El camino siempre está ahí, esperándote. Que tus pies te lleven a lugares maravillosos, y que tu corazón encuentre paz en el camino. Hasta que nuestros senderos se crucen de nuevo. ¡Ultreia!” “Et suseia”, le contestó, recordando como Ultreia significa “Sigue adelante” y “Et suseia”, “Y más arriba”. Un saludo que proviene del latín medieval, y aparece en el Códice Calixtino, es el saludo que ha atravesado el tiempo en el Camino de Santiago desde el siglo XII.
Me quedo parada en el camino, la veo perderse en el horizonte, y regreso a mi computadora, a seguir hundiendo mis dedos en ella, mientras inhalo profundo. Amo salir de aquí y viajar a otros lares.
Cada vez que voy abrazando la soledad desde otro lugar, he aprendido que esta no es la falta de compañía, que ésta está supeditada a la falta de conexión. Amo recordar que seguiré buscando cómo caminar, cómo encontrarme cada vez en los senderos, en las veredas de esto llamado vida.
DZ